—Quise al hombre que decía ser —contesté—. A ese hombre ya no lo conozco.
Daniela acarició el borde de su taza y confesó que había comenzado a buscar empleo otra vez. Sus problemas eran reales, aunque Eduardo hubiera utilizado su situación para hacerse el héroe. No le pedí que devolviera de golpe dinero que ya había gastado en renta y comida. Mi reclamación principal era contra quien había dispuesto de mis cuentas a escondidas. Ella salió de la cafetería en silencio y yo también.
Durante semanas reunimos estados de cuenta y mensajes. Había que distinguir gastos autorizados de operaciones hechas abusando de mi confianza. Verónica me advirtió que no todo regalo se recupera y que no toda transferencia constituye un delito. Por eso reclamamos solo lo que podíamos sostener con pruebas.
En la audiencia de divorcio, Eduardo llegó con su madre. Pidió parte de mis boutiques y la camioneta, alegando que había contribuido a mis negocios. Verónica presentó los registros, comprobantes de compra y nuestro acuerdo de separación de bienes. Las tiendas eran anteriores al noviazgo, igual que mi departamento y el vehículo al matrimonio. Él no mostró pruebas de propiedad.