El divorcio siguió su trámite; las deudas requerían otro procedimiento. Cuando entendió que sus exigencias no le daban derechos sobre mis bienes, Eduardo aceptó negociar. Con asesoría, firmó un reconocimiento de adeudo por cantidades documentadas y un calendario de pagos. Todavía tenía que cumplir, pero al menos empezaba a asumir responsabilidad.
Salí del juzgado agotada. Yo sí había creído en la boda y en las promesas frente a nuestros padres. Me dolió abandonar aquella ilusión, aunque sabía que había sido lo correcto. Llamé a mi mamá y, apenas escuché su voz, comencé a llorar.
—¿Ya terminó, hija?
—Sí, mamá. Ahora sí puedo comenzar de nuevo.
Durante los meses siguientes conservé cada comprobante de pago y cada mensaje recibido por medio de la abogada. Algunos depósitos llegaron tarde; otros tuvieron que reclamarse. Aprendí que la justicia no siempre llega con una sentencia espectacular. A veces consiste en documentar, insistir y cerrar puertas que antes uno dejaba abiertas por amor.