Sergio me contó que Eduardo comenzó a faltar a reuniones y discutir con sus superiores. Meses después perdió el empleo. Doña Elvira vendió joyas para pagar préstamos familiares y Fernanda tuvo que buscar trabajo. No celebré sus dificultades: un empleo modesto jamás es vergonzoso. Lo vergonzoso era despreciar el trabajo ajeno mientras vivían de él.
Yo me concentré en las boutiques. Instalamos un estudio para ventas en vivo, contratamos personal para pedidos digitales y lanzamos una colección con costureras mexicanas. En la primera transmisión falló el sonido y confundí los precios. Aprendimos. Cuatro meses después, las ventas digitales superaban las de una sucursal. Pude dar bonos a mis empleados y llevar de vacaciones a mis padres.
Una tarde lluviosa, seis meses después del divorcio, me detuve en un semáforo de Insurgentes. A mi lado frenó una motocicleta de reparto. El conductor recogió una bolsa caída y levantó el visor: era Eduardo. Tenía la ropa mojada y el rostro cansado. Me reconoció. Miró mi camioneta, mi ropa y mis manos sobre el volante; después bajó la vista.