Por un momento pensé en bajar la ventanilla. Podría haberle dicho muchas cosas. Que trabajar de repartidor no lo hacía menos digno. Que jamás fue su salario lo que destruyó nuestro matrimonio. Que lo perdió cuando decidió que mi esfuerzo le pertenecía y que mi lugar estaba detrás de todos los demás. Pero el semáforo cambió. Él acomodó la bolsa y avanzó por su carril. Yo seguí por el mío.
En diciembre cumplí treinta años. Organicé una cena en una terraza con vista al Ángel de la Independencia. Estaban mis padres, amigas y compañeros de la empresa. Llevaba un vestido rojo hecho en nuestro taller. Al brindar, miré la mesa larga y las sillas ocupadas: allí nadie tenía que pedir permiso para sentarse.
—Este año aprendí algo —les dije—. El amor no se demuestra aguantando desprecios. Y una familia no se construye con alguien sirviendo y los demás exigiendo. Se construye cuando nadie necesita hacerse pequeño para pertenecer.