Mi esposo pasó nuestro tercer aniversario comprándole un bikini de casi 8.000 pesos a mi mejor amiga. Él me pidió: “Déjame explicarte”, pero yo solo respondí: “Ya entendí suficiente”. Volví a casa, llamé a una abogada y le mostré una firma falsa escondida en unos documentos familiares. Tres horas después, su familia entera llegó… y su miedo confirmó que el secreto era mucho mayor.

Salvador escuchó todo sin interrumpirme.

—Tendremos que revisar la redacción.

—Háganlo.

—¿Y si no aceptamos?

—Entonces Ximena seguirá los procedimientos que considere necesarios ante las autoridades competentes. Yo ya hice lo que debía dentro del banco.

Arturo apretó la mandíbula.

Durante años había sido el hombre que decidía cómo terminaban las conversaciones.

Aquella mañana no pudo hacerlo.

Los siguientes doce días fueron una guerra escrita en lenguaje jurídico.

El primer borrador que mandó Salvador intentaba describir lo sucedido como un simple “error administrativo”.

Ximena lo rechazó.

—Si aceptamos esa frase —me explicó—, dentro de cinco años podrían decir que nunca existió una firma atribuida incorrectamente. No.

El segundo borrador protegía únicamente la propiedad de Zapopan.

Lo leí completo esa misma noche.

Encontré dos cláusulas donde intentaban limitar las garantías a esa operación específica.

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