—¿Ese no es…? —preguntó.
—Sí.
—Pensé que jamás volverías a usarlo.
Miré mi reflejo en el cristal del restaurante.
—El vestido no me hizo nada.
Daniela sonrió.
Y por primera vez también pude sonreír al recordarlo.
Todavía no sabía cómo sería mi vida dentro de cinco años.
No sabía si volvería a casarme.
No sabía si algún día confiaría en alguien de la misma manera.
Pero ya no necesitaba saberlo.
Durante mucho tiempo había creído que perder mi matrimonio significaba perder la vida que había construido.
En realidad, descubrí que estaba recuperando partes de mí que había entregado poco a poco para mantener en pie algo que Ricardo ya había abandonado.
Mi nombre había aparecido en un documento que yo nunca firmé.
Mi esposo había contado una versión de mí que yo nunca reconocí.