Mi mejor amiga había participado en una relación que después intentó justificar diciendo que “simplemente sucedió”.
Y la familia de Ricardo había esperado que yo permaneciera en silencio para proteger una empresa que ellos consideraban más importante que mi derecho a decidir sobre mi propia firma.
Al final, todo empezó con un bikini azul de casi ocho mil pesos.
Pero nunca se trató realmente del bikini.
Ni siquiera se trató únicamente de la infidelidad.
Se trataba de cuántas veces había permitido que otras personas decidieran qué debía tolerar para no incomodar a nadie.
Esa primavera entendí finalmente la respuesta.
Ninguna.
La casa era mía.
Mi trabajo era mío.
Mi futuro era mío.
Y mi nombre, después de todo lo ocurrido, estaba exactamente donde siempre debió estar:
en mis manos, y bajo la firma de nadie más.