Y entonces comprendí que el bikini no era el peor secreto que Ricardo escondía.
Seis semanas antes, trabajando como responsable de cumplimiento en Banco del Centro, había encontrado durante una revisión documental una operación de Desarrollos Altavista, la inmobiliaria de la familia de Ricardo.
Una propiedad valuada en millones había sido transferida a una empresa recién creada.
Para completar esa operación aparecía mi consentimiento.
Y debajo estaba mi firma.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado ese documento.
Hasta aquella noche había guardado silencio porque denunciarlo podía destruir a la familia con la que todavía creía tener un matrimonio.
Pero después de ver a mi esposo con Laura, regresé a casa, abrí el cajón donde conservaba mis copias autorizadas de trabajo y marqué el número de una abogada especializada en fraude corporativo.