Yo no seguí cada detalle. Ya no era mi auditoría.
Una mañana, antes de entrar a una reunión con inversionistas de Monterrey, vi mi reflejo en la puerta de cristal de una sala de juntas.
Por primera vez en años no parecía cansada.
Sonreí.
No porque Santiago hubiera perdido.
Sino porque yo finalmente había dejado de perderme a mí misma.
Y si algo aprendí de todo aquello fue esto: nunca confundas la paciencia de una mujer con permiso para humillarla. Algunas no gritan, no rompen platos y no suplican.
Algunas simplemente observan, guardan los comprobantes, cierran las cuentas… y se van justo antes de que llegue la factura.