—Debe haber una confusión.
—Entonces dime por qué Clara no reconoce la cuenta.
Sofía guardó silencio.
Eduardo miró a su madre, desconcertado.
—¿Qué está pasando?
En ese momento regresó Gabriel.
—Mamá, ¿por qué estás llorando?
Comprendí que había llegado la hora de contarle la verdad.
Lo llevé a un lugar tranquilo y le expliqué quién era Vicente.
Mi hijo permaneció callado durante varios minutos.
—¿Ese hombre es mi papá?
Asentí.
—Perdóname por habértelo ocultado.
Gabriel me tomó la mano.
—Te quiero, mamá. Pero necesito tiempo para entenderlo.
Aquella noche Vicente me llamó repetidamente. Finalmente contesté.
—Revisé los registros originales —dijo con voz temblorosa—. Durante dieciocho años envié dinero a una cuenta controlada por Sofía.
—¿Cuánto?
—Casi dieciséis millones de reales.
Recordé las noches trabajando horas extras y las veces que fingí no tener hambre para que Gabriel pudiera comer.