Respiré profundamente.
—Sí.
Vicente retrocedió como si hubiera recibido un golpe.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque cuando descubrí que tenías otra familia, decidí que mi hijo no crecería compitiendo por tu cariño.
—¡Tenía derecho a saberlo!
—Y Gabriel tenía derecho a una infancia tranquila.
Vicente se llevó las manos a la cabeza.
—Clara, durante años intenté ayudarte económicamente.
Solté una risa amarga.
—¿Ayudarme? Trabajé hasta el agotamiento para pagar sus estudios.
—¡Te enviaba dinero todos los meses!
Me quedé inmóvil.
—¿Qué dinero?
—Transferencias mensuales. Sofía se encargaba de hacerlas llegar.
Miré a la mujer que había destruido nuestro matrimonio.
—Nunca recibí un solo centavo.
Vicente sacó su teléfono y me mostró varios comprobantes. Mi nombre aparecía como beneficiaria, pero aquella cuenta bancaria no era mía.
—Sofía, explícame esto —exigió.
Ella intentó sonreír.