Vicente aceptó asumir sus responsabilidades sin imponer condiciones afectivas.
Mi hijo continuó estudiando en la Universidad de São Paulo y participó en importantes proyectos académicos.
Pero nunca permitió que el apellido Moreira definiera sus logros.
—Soy Gabriel Batista —decía orgulloso—. Mi mamá me enseñó a luchar por mis sueños.
Un año después de aquella ceremonia, la universidad lo invitó a presentar una investigación.
Vicente y yo asistimos por separado, pero nos sentamos cerca.
Cuando Gabriel terminó, nos buscó entre el público y sonrió. Después se acercó para abrazarnos.
—Gracias por venir.
Vicente le apretó el hombro.
—No quiero perderme otro momento importante de tu vida.
Gabriel sonrió.
—Entonces acompáñanos a cenar.
Aquella noche compartimos una mesa sin reproches ni promesas imposibles.
Hablamos de sus estudios, sus amigos y sus sueños.
Comprendí que no necesitábamos reconstruir nuestro matrimonio para acompañar a nuestro hijo.