PARTE 1
—¡Tu hija no se va de esta casa, aunque tengas que llamar a la policía! ¡Aquí mando yo! —gritó mi madre mientras me impedía entrar.
Eran las dos y media de la madrugada. Yo estaba frente a la casa de mis padres, en Zapopan, sin imaginar que unos segundos después encontraría a mi hija de quince años tirada en el piso de la sala, casi inconsciente y con marcas de dedos en ambos brazos.
Me llamo Claudia Hernández, tengo treinta y nueve años y soy madre soltera. Durante mucho tiempo creí que mis padres eran las personas más seguras con quienes podía dejar a Renata. Aquella noche descubrí que había confundido el cariño con el derecho a controlar la vida de alguien.
Todo comenzó a la 1:57 de la madrugada.
El celular vibró sobre mi buró. Al ver el nombre de Renata, contesté inmediatamente.