Mi hija de 15 años me despertó a las 2 de la mañana con una llamada: “Mamá, ven por mí, la abuela me quitó el teléfono”. Llegué y mi madre me prohibió llevármela, asegurando que una adolescente no podía desafiar su autoridad. Sin levantar la voz, entré a buscarla y la encontré casi inconsciente. Cuando llegaron los paramédicos, mi madre intentó contar otra versión, pero una pregunta del policía dejó a mi padre temblando…

—¿Mi amor? ¿Qué pasó?

Escuché su respiración agitada.

—Mamá… ¿puedes venir por mí?

Me incorporé.

—Claro, hija. ¿Te sientes mal?

—Por favor, ven. No quiero quedarme aquí.

—¿Qué te hicieron?

Hubo un silencio. Después, escuché pasos y su voz se convirtió en un susurro.

—La abuela no sabe que tengo mi teléfono.

Sentí un escalofrío.

—Renata, escúchame. Voy para allá.

—No le digas que te llamé…

La comunicación se cortó.

Marqué tres veces. Nadie respondió.

Intenté llamar a mis padres. Ambos teléfonos estaban apagados o enviaban directamente al buzón.

Me puse unos pantalones, una sudadera y salí manejando hacia su casa.

Durante los cuarenta minutos del trayecto traté de convencerme de que se trataba de una discusión.

Mi madre, Teresa, siempre había sido estricta. Para ella, los adultos tenían derecho a revisar mochilas, teléfonos y conversaciones. Cuando Renata protestaba, mi madre la acusaba de maleducada.

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