Más de una vez mi hija me había dicho:
—Mamá, no me gusta quedarme sola con la abuela. No respeta mis cosas.
Yo respondía que Teresa pertenecía a otra generación y que debíamos tenerle paciencia.
Ahora esas palabras me avergüenzan.
Cuando llegué, la luz de la entrada estaba encendida. Mi madre abrió antes de que tocara.
—Claudia, estás haciendo un escándalo innecesario.
—¿Dónde está mi hija?
—Adentro, aprendiendo que sus berrinches tienen consecuencias.
—Me llamó llorando. Me la llevo.
Mi madre cruzó los brazos.
—No. Si cedes ahora, jamás aprenderá a obedecer.
Detrás apareció mi padre, Jorge. Tenía la mirada baja.
—Papá, ¿dónde está Renata?
Él miró primero a mi madre.
Ese pequeño gesto me hizo comprender que algo estaba terriblemente mal.
Intenté pasar, pero Teresa me sujetó del brazo.
—Mientras esté bajo mi techo, se cumplen mis reglas.