Me solté y entré corriendo.
—¡Renata!
La encontré junto al sofá.
Estaba pálida. Tenía los ojos entreabiertos y apenas reaccionó cuando me arrodillé a su lado.
—Mi niña, mírame. Mamá está aquí.
Entonces vi las marcas rojizas alrededor de sus muñecas.
—¿Quién le hizo esto?
—Se puso histérica —respondió Teresa—. Tuve que sujetarla porque quería escaparse.
—¡Quería regresar con su madre!
—No dramatices. Se desmayó porque hizo un berrinche.
Saqué el celular para llamar al 911.
Mi madre cambió inmediatamente de expresión.
—Claudia, guarda ese teléfono.
—Mi hija necesita una ambulancia.
Teresa se acercó, furiosa.
—Si haces esa llamada, toda la familia sabrá que tu hija me atacó. Y te aseguro que van a creerme a mí.
Miré a mi padre, esperando que la contradijera.
Pero permaneció inmóvil.
Entonces comprendí algo aterrador: mi hija había pasado aquella noche rodeada de adultos que preferían proteger la autoridad de mi madre antes que protegerla a ella.