Porque una familia no es verdaderamente segura cuando nadie se atreve a decir que algo está mal.
Lo es cuando hasta la persona más pequeña sabe que puede hablar, pedir ayuda y decir que quiere regresar a casa.
Y aquella noche, por fin, Renata no necesitó tener su teléfono al alcance de la mano para sentirse a salvo.
Ya estaba en casa.