Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

Otra llegó a la Fiscalía del Estado.

Renata aceptó declarar únicamente si la sacaban de la casa Alcázar antes de que su padre descubriera lo que había hecho.

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La conocí 2 días después.

Era una adolescente delgada, con las manos temblando y los ojos rojos de no dormir.

Se sentó frente a 2 investigadores.

—Mi papá me quitó el celular y borró el video —explicó.

—Entonces, ¿cómo lo conservaste?

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—Mis fotos se respaldan automáticamente en otra cuenta.

El investigador abrió la carpeta.

—Dijiste que Valeria no había sido la primera.

Renata bajó la mirada.

—Hace 3 años pasó algo parecido.

La habitación quedó en silencio.

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—¿Con quién?

—Un muchacho llamado Emiliano Rivas.

Conocía el apellido.

Su padre había trabajado como mecánico para una empresa de transporte de Arturo Alcázar.

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