Me habría resultado muy fácil ofrecer una solución. Durante casi dos años había hecho exactamente eso: sacar la tarjeta, prometer otro depósito, decir que yo me encargaba.
Aquella vez mantuve las manos quietas.
—También revisé la cuenta de ahorro —agregué.
Ethan levantó la cabeza.
—¿Cuál cuenta?
—La que abrimos cuando tenías dieciséis años. Vi las transferencias a Chloe.
Su rostro perdió color.
Chloe apartó la mirada hacia el coche.
—Eran gastos que necesitábamos cubrir —dijo Ethan.
—Tal vez. Pero nunca me preguntaste si podías utilizar mis aportaciones para eso.
—Pensé que ese dinero era para ayudarme.
—Sí, para ayudarte. No para que yo dejara de saber en qué se estaba utilizando.
Le expliqué que había conservado los comprobantes y que únicamente había separado mis propias aportaciones. Su parte seguía intacta.
No levanté la voz.