Quizá algún día podría dárselas sin sentir que estaba intentando comprar un lugar en la vida de mi hijo.
—Descansen como puedan esta noche —le dije—. Mañana podremos hablar con más calma, si de verdad quieres escucharme.
Ethan asintió muy despacio.
No me pidió perdón.
Yo tampoco intenté forzar una disculpa.
Sabía que unas palabras dichas por cansancio, frente a una puerta cerrada, no arreglarían dos años de costumbres.
—Buenas noches, mamá —murmuró.
—Buenas noches, hijo.
Cerré la puerta.
Me quedé unos momentos apoyada contra ella. Escuché que las maletas se alejaban y después el sonido del coche.
Me dolía saber que Ethan estaba enojado conmigo. Me dolía pensar en la boda del sábado, en los invitados y en todas las cosas que quizá tendrían que cambiar.
No sabía todavía si conseguirían pagar el salón ni qué decisión tomarían respecto a la celebración.