Lorena soltó una carcajada.
Entonces escuchamos motores.
Cuatro camionetas negras aparecieron por el camino entre los pinos.
De la primera bajó un hombre de traje oscuro.
Se acercó directamente a Gael.
—Todo está listo, señor Ortega. El consejo espera únicamente su autorización.
Lorena dejó de sonreír.
Mi padre palideció.
—¿Ortega? —susurró—. ¿Gael Ortega… de Grupo Horizonte Norte?
—Sí.
Fernanda miró la chamarra gastada de mi esposo como si de pronto hubiera cambiado de material.
Lorena tardó menos de diez segundos en transformar su expresión.
—Daniela, hija, ¿por qué no nos dijiste quién era tu marido?
Retrocedí.
Nunca me había llamado “hija” con aquella dulzura.
—Porque yo tampoco lo sabía.
—Pero ahora todo puede arreglarse. Después de todo, somos una familia.
—Me casaste con él porque pensabas que era un castigo.
—Yo quería un hombre trabajador para ti.
—El resultado no cambia tu intención.