—Dios mío, Daniela. Mira en qué te has convertido.
—En alguien que aprendió a encender su propia estufa.
—Vinimos por ti. Mauricio resultó ser un estafador.
Fernanda tenía los ojos hinchados.
—¿Tú sabías?
—Me enteré ayer.
—¡Y no me avisaste!
La miré fijamente.
—Me quitaste el teléfono, me grabaste mientras me humillaban y me mandaste un mensaje burlándote de que terminaría contando papas. ¿Cómo querías que te avisara?
Fernanda bajó la mirada.
Mi padre dio un paso.
—Dani, vuelve a casa.
—Ayer no tenía casa.
—Las circunstancias cambiaron.
—Yo no.
Lorena perdió la paciencia.
—Este matrimonio absurdo terminó. Ese hombre recibirá lo prometido y firmará el divorcio.
Sacó un sobre lleno de billetes y lo arrojó al suelo frente a Gael.
—Toma. Hay suficiente para que desaparezcas.
Gael ni siquiera miró el dinero.
—Recoja eso.
—¿Me estás dando órdenes?
—Le estoy pidiendo que no tire basura frente a mi casa.