Vi pagos para remodelaciones de nuestra casa, coches, joyas y hasta los estudios privados de Fernanda.
Me faltó el aire.
—¿Mi papá sabía?
—Dice que Lorena le hizo creer que firmaba documentos para administrar temporalmente las acciones.
—Un hombre que dirige una fábrica no firma durante catorce años sin preguntar.
Gael no intentó defenderlo.
Entonces coloqué la pequeña lanzadera número 17 sobre la mesa.
—¿Y esto?
Gael sonrió con tristeza.
—Fue lo que permitió localizar el registro original. Los primeros socios de la cooperativa recibieron piezas numeradas. La de tu madre corresponde a la participación inscrita en el archivo histórico. No es la única prueba, pero fue la pista que abrió todo.
A la mañana siguiente llegaron mi padre, Lorena y Fernanda al aserradero.
Lorena fue la primera en bajar del coche.
Me observó con el viejo suéter de doña Amalia y unas botas de hule.