Mi madrastra organizó mi boda con un supuesto indigente y, mientras mi hermana se reía, dijo: “Ahora sabrás lo que realmente vales”. Yo no discutí; guardé la carta de mi madre y seguí a mi marido hasta una casa junto al bosque. A la mañana siguiente un hombre de traje llegó con cuatro camionetas y lo llamó “señor” delante de todos… entonces mi padre palideció.

Y había una frase dirigida a mí:

“Si algún día alguien intenta convencerte de que eres una extraña en esta empresa, recuerda que comenzó con las manos de tu bisabuela. Tu lugar no desaparece porque otra persona decida negarlo”.

Me tapé la boca.

Durante años Lorena me había repetido que mi madre había dejado deudas.

La verdad era completamente distinta.

Gael abrió la segunda carpeta.

Elena Villaseñor había poseído el 42 % de la fábrica.

Tras su muerte, esa participación debía quedar bajo administración fiduciaria hasta que yo cumpliera veinticinco años.

—Nunca recibí nada.

—Porque un mes después apareció una renuncia a tus derechos —explicó Gael—. Tú tenías catorce años. La firma de tu padre es auténtica, pero el sello notarial fue falsificado.

En los años siguientes, dinero generado por aquella participación terminó en compañías de Lorena.

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