Mi madrastra organizó mi boda con un supuesto indigente y, mientras mi hermana se reía, dijo: “Ahora sabrás lo que realmente vales”. Yo no discutí; guardé la carta de mi madre y seguí a mi marido hasta una casa junto al bosque. A la mañana siguiente un hombre de traje llegó con cuatro camionetas y lo llamó “señor” delante de todos… entonces mi padre palideció.

Mi padre se volvió hacia mí.

—Cuando murió tu mamá, verte me dolía. Lorena decía que eras difícil, desagradecida, que Elena había dejado una fábrica casi quebrada. Yo quería creerlo porque así no tenía que revisar nada ni enfrentarme con nadie. Firmé documentos sin leerlos. Vi cómo te apartaban de decisiones que conocías mejor que yo. Y hace tres días permití que te casaran con un desconocido porque tuve miedo de perder la empresa.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No robé ese dinero personalmente, pero cada vez que miré hacia otro lado participé.

Intentó acercarse.

—Dani…

Levanté la mano.

—No te arrodilles.

Se detuvo.

—No conviertas tu arrepentimiento en otra escena que yo tenga que consolar.

—¿Qué puedo hacer?

—Devolver lo que corresponda. Pagar salarios pendientes. Declarar ante las autoridades. Y dejar de preguntarme cuándo voy a perdonarte.

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