Mi madrastra organizó mi boda con un supuesto indigente y, mientras mi hermana se reía, dijo: “Ahora sabrás lo que realmente vales”. Yo no discutí; guardé la carta de mi madre y seguí a mi marido hasta una casa junto al bosque. A la mañana siguiente un hombre de traje llegó con cuatro camionetas y lo llamó “señor” delante de todos… entonces mi padre palideció.

Alcancé a leer:

“3,000 millones confirmados, jefe”.

Miré la ropa gastada de mi supuesto esposo, luego el teléfono de última generación oculto bajo ella.

—¿Quién eres tú?

Gael se quedó inmóvil.

Y por primera vez comprendí que quizá mi familia no me había enviado con el hombre que creía.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…

PARTE 2

La casa donde vivía Gael estaba detrás de un viejo aserradero, entre pinos y caminos de terracería. Tenía una sola habitación, una estufa de leña y dos ventanas pequeñas.

Pero algo no encajaba.

En un estante había libros de economía, ingeniería y administración. Sobre la mesa descansaba una computadora demasiado costosa para alguien que, según Lorena, sobrevivía cargando troncos por unos cuantos pesos.

—La computadora es prestada —dijo Gael.

—Claro. Igual que los tres mil millones.

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