Me miró sin sorpresa.
—Alcanzó a leer el mensaje.
—Mi familia ya decidió demasiado por mí. No empieces tú también.
No respondió.
Esa noche me cedió la habitación y durmió en un pequeño taller. No intentó tocarme ni exigió comportamientos de esposa.
A la mañana siguiente encontré mi zapato reparado junto a la puerta.
Una anciana llamada doña Amalia llegó con tortillas, frijoles, queso y una olla de café. Cuando saqué la lanzadera de latón de mi madre, se quedó blanca.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Era de mi mamá, Elena Villaseñor.
La mujer miró inmediatamente a Gael.
Ese silencio me dijo más que cualquier respuesta.
—Ustedes sabían quién era yo antes de la boda.
Gael admitió que conocía mi nombre, pero se negó a explicar más.
Me enfurecí.
Dos días después descubrí algo aún peor.