Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

—¿Tú eres el marido?

—Soy Emiliano.

—Yo soy el padre de Sofía.

Emiliano no se alteró.

—Sé quién eres.

Rodrigo miró nuevamente alrededor.

—Entonces Mariana me mintió.

—Nunca me preguntaste dónde vivíamos —respondió ella—. Mandaste fotografiar la vieja casa y decidiste inventar el resto.

En ese momento se escuchó la voz de Sofía desde el jardín.

—¡Papá, mira!

Rodrigo giró inmediatamente.

La niña corría hacia Emiliano sosteniendo una hoja de papel.

Al ver a los visitantes se detuvo.

Ya tenía siete años.

Miró a Rodrigo durante varios segundos.

No corrió a abrazarlo.

No sonrió.

Solo preguntó:

—¿Tú eres Rodrigo?

Aquellas cuatro palabras hicieron más daño que cualquier insulto.

Rodrigo palideció.

Mariana se acercó a su hija.

—Sí, mi amor.

—Ah.

Sofía volvió la vista hacia Emiliano.

—Papá, te hice el dibujo del gallinero.

Camila observó la escena en silencio.

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