Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

Camila bajó la mirada.

Rodrigo se defendió.

—Yo cometí errores. Pero puedo repararlos.

—¿Llevándotela?

—Dándole una familia.

Mariana dio un paso hacia él.

—Ella ya tiene una familia.

Rodrigo miró la casa deteriorada detrás de Mariana.

—¿Esto llamas familia?

Por primera vez, Mariana sonrió.

—Ven.

—¿A dónde?

—Querías conocer cómo vive tu hija. Pues conoce.

Caminaron unos minutos hasta la propiedad de Emiliano.

Rodrigo dejó de hablar cuando vio la casa.

No era una mansión absurda, pero sí una vivienda amplia, sólida, rodeada de árboles frutales y terreno cultivado. Había un invernadero moderno al costado, paneles solares, una pequeña oficina y un área donde Mariana preparaba pedidos.

Del otro lado estaban los gallineros y un huerto.

—¿Quién vive aquí? —preguntó Rodrigo.

—Nosotros.

Emiliano apareció en la terraza.

—Buenas tardes.

Rodrigo lo reconoció por algunas fotografías de redes sociales.

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