Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

Entonces Mariana entendió.

No había ido a buscar una hija.

Había ido a ganar una competencia.

—Dime la verdad. ¿Por qué ahora?

Rodrigo miró hacia la camioneta.

Camila bajó finalmente.

Vestía impecable, pero se veía incómoda.

—Podemos hablar como adultos —dijo.

—Perfecto —respondió Mariana—. Hablen.

Camila observó a Rodrigo, esperando que empezara.

Él no lo hizo.

Fue ella quien terminó diciendo:

—Nosotros hemos intentado tener hijos.

Mariana no respondió.

—No hemos podido —continuó Camila—. Los médicos dicen que en mi caso sería muy complicado.

Todo encajó.

Mariana sintió tanta rabia que por un momento no encontró palabras.

—¿Y entonces se acordaron de Sofía?

Rodrigo intervino.

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Es mi hija.

—Tu hija existía cuando tú estabas de vacaciones con Camila en su quinto cumpleaños. Existía cuando prometiste venir a verla en Navidad. Existía cuando estuvo enferma y ni siquiera contestaste el teléfono.

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