Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

—¿Viniste a criticar mi ropa o a explicar por qué quieres quitarme a mi hija?

Rodrigo respiró hondo.

—No quiero pelear.

—Mandaste a alguien a tomar fotografías de mi propiedad y presentaste una solicitud para llevarte a Sofía. Ya empezaste peleando.

Él intentó mantener un tono tranquilo.

—Yo también soy su padre.

—Biológicamente, sí.

Rodrigo endureció el rostro.

—No puedes hablarme así. He pagado pensión.

—Porque un convenio te obliga. Ser padre no es hacer una transferencia y desaparecer.

—Mariana, aquí no tiene oportunidades.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Tú siquiera sabes en qué escuela estudia?

Rodrigo guardó silencio.

—¿Cómo se llama su maestra?

Nada.

—¿Qué le da miedo? ¿Cuál es su comida favorita? ¿Qué libro me pide cada noche? ¿Sabes que tuvo varicela el año pasado? ¿Sabes que usa lentes para leer?

—Eso no cambia que conmigo puede vivir mejor.

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