Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

Rodrigo no respondió.

Aquella tarde se marcharon.

Pero no retiraron la demanda.

Mariana contrató a una abogada de Puebla llamada Verónica Salas.

La primera reunión tranquilizó algunos de sus miedos.

—Que Rodrigo sea el padre biológico no significa que pueda llegar mañana y llevársela —explicó Verónica—. Aquí importa la situación completa de la niña: quién ha sido su cuidadora principal, su estabilidad, su escuela, sus vínculos, la relación real con cada progenitor. Él puede pedir convivencia y puede intentar modificar acuerdos, pero otra cosa muy distinta es demostrar que arrancarla de su entorno es lo mejor para ella.

Mariana llevó todo.

Mensajes.

Comprobantes de pensión.

Capturas de cumpleaños en los que Rodrigo prometía ir y no llegaba.

Registros escolares.

Consultas médicas.

Fotografías de la vida de Sofía.

También encontró el viejo resultado de ADN.

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