Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

Cuando conoció a Rodrigo, ella trabajaba como agrónoma para una empresa que diseñaba jardines urbanos en Ciudad de México. Él colaboraba con una constructora y parecía exactamente el hombre que su madre siempre le había deseado: trabajador, educado, bien vestido, sin vicios y con una sonrisa capaz de conquistar a cualquiera.

Se casaron ocho meses después.

Durante tres años, Mariana creyó vivir un matrimonio perfecto.

Todo cambió cuando nació Sofía.

Rodrigo había querido un niño. También su madre, doña Beatriz, hablaba desde el embarazo del “primer nieto varón de la familia”.

Cuando la enfermera anunció que era niña, Rodrigo sonrió para las fotos, compró flores y cargó a la bebé frente a todos. Pero aquella emoción duró muy poco.

Con los primeros meses llegaron los reclamos.

—Haz que deje de llorar.

—Tú estás en casa, yo sí trabajo.

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