—La casa parece guardería.
—Desde que nació esa niña, tú ya ni pareces mujer.
Mariana dejó temporalmente su empleo para cuidar a Sofía, pero Rodrigo empezó a tratarla como si no aportara nada.
Doña Beatriz tampoco ayudaba.
Un día, después de mirar a la niña durante varios minutos, comentó:
—Está raro que no se parezca en nada a Rodrigo.
Dos días después, él exigió una prueba de paternidad.
—Si no tienes nada que esconder, ¿qué te preocupa? —le dijo.
Mariana aceptó, más por cansancio que por otra cosa.
El resultado confirmó lo evidente: Rodrigo era el padre.
Ella esperó una disculpa.
Nunca llegó.
—Bueno, ya sabemos —fue todo lo que dijo.
Desde entonces, Mariana comenzó a refugiarse en lo único que todavía le daba paz: las plantas.
Su madre, doña Elena, había vivido cerca de Atlixco, Puebla, y desde niña le había enseñado a reproducir árboles frutales, preparar sustratos y recuperar plantas enfermas. Mariana aprovechó esos conocimientos y comenzó a vender ejemplares por internet.