Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

Al principio protestó.

Quería fines de semana completos inmediatamente.

Quería llevarla a Ciudad de México.

Quería presentarla ante sus amigos.

Quería recuperar en semanas lo que había abandonado durante años.

No se lo permitieron de esa manera.

Tendría que empezar poco a poco.

La primera convivencia fue incómoda.

Rodrigo llegó con una bicicleta costosa.

Sofía agradeció el regalo y luego pasó veinte minutos hablándole de una gallina llamada Canela.

Él no sabía qué preguntarle.

La segunda vez llevó ropa.

En la tercera preguntó si prefería vivir en la ciudad, donde tendría “cosas mejores”.

Sofía regresó seria.

Mariana se enfureció, pero Verónica le aconsejó documentar todo y no entrar en provocaciones.

La cuarta visita Rodrigo la canceló.

La quinta también.

Dos meses después dejó de pedir fechas nuevas.

Y entonces ocurrió algo que Mariana no esperaba.

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