Un año después, durante una pequeña reunión con personas que siempre me habían apoyado, levanté mi copa para brindar por las nuevas oportunidades. Ya no era la esposa que lloraba en un aeropuerto mientras su marido fingía partir hacia otro continente.
Era Ana Barbosa, coronel del Ejército Brasileño, una mujer que había enfrentado la traición sin renunciar a su dignidad.
Había perdido el matrimonio que imaginé para toda la vida, pero no mi carrera, mis principios ni mi capacidad de confiar nuevamente. Comprendí que un final feliz no siempre significa recuperar lo que se perdió. A veces significa encontrar el valor para marcharse y descubrir que todavía queda mucho por vivir.
Lucas había creído que yo era una mujer ingenua, demasiado ocupada con mi trabajo para descubrir sus engaños. Nunca imaginó que aquella esposa a la que subestimaba sería capaz de enfrentar la situación sin perder la cabeza ni su integridad.