Dejé de preguntarme qué había hecho mal para merecer aquella traición. La decisión de engañarme había sido de Lucas, no una consecuencia de mi trabajo ni de mi carácter.
Continué con mi carrera militar, orgullosa de mis veinte años de servicio. También empecé a dedicar más tiempo a mis amistades, a mis intereses personales y a aquellas pequeñas cosas que había dejado para después mientras intentaba sostener un matrimonio que solo yo creía sólido.
Un día recibí una llamada de Marina. Su bebé había nacido y estaba sano.
—Quería darte las gracias —me dijo—. Pudiste haberme tratado como a una enemiga, pero me escuchaste cuando te conté la verdad.
Me conmovieron sus palabras.
—Las dos merecemos empezar de nuevo. Espero que tu hijo crezca rodeado de amor y honestidad.
Al colgar, sentí que algo dentro de mí finalmente se acomodaba. No necesitaba que Lucas regresara arrepentido ni que reconociera cuánto me había lastimado. Mi paz ya no dependía de él.