Que Daniel era atento.
Que su familia me quería.
Que Sophie seguía siendo mi hermana de corazón.
Había mentido tanto para proteger aquella imagen que casi terminé creyéndomela.
—Mamá —susurré—, voy a divorciarme.
Al otro lado de la línea escuché su respiración.
—¿Te hizo daño?
Miré mis manos.
—De muchas maneras. Pero ya salí de allí.
Mi madre comenzó a llorar.
—Entonces vuelve a casa cuando quieras. Tu habitación sigue siendo tuya.
Aquellas palabras me rompieron de una forma que ninguna amenaza había conseguido.
Me cubrí la boca.
—Gracias, mamá.
—No tienes que agradecernos. Solo prométeme que no vas
a enfrentarte sola a todo esto.
—Te lo prometo.
Cuando terminamos de hablar, lloré.
No durante horas.
No de manera desesperada.
Lloré lo suficiente para reconocer que estaba herida.Y después me lavé la cara.
Todavía tenía cosas que resolver.
Capítulo 10. El precio de una mentira