La investigación corporativa duró seis semanas.
Durante ese tiempo recibí mensajes de Daniel casi todos los días.
Al principio me insultaba.
Después me suplicaba.
Más tarde empezó a ofrecer acuerdos.
“Si retiramos las acusaciones, todo puede volver a la normalidad”.
“Podemos empezar de
cero”.
“Piensa en los años que vivimos juntos”.
Yo reenviaba cualquier mensaje relevante a mi abogada.
No discutía.
No negociaba sola.
Tampoco publicaba detalles de la investigación.
Había aprendido algo importante: una cosa era negarme a esconder una traición y otra permitir que el enojo arruinara mi propia defensa.
Mientras tanto, mi publicación seguía circulando.
La fotografía había generado miles de comentarios.
Algunos me felicitaban.
Otros decían que era inmaduro exponer una infidelidad en internet.
Una señora escribió:
“Si mi esposo hiciera eso, yo no regalaría un teléfono. Regalaría sus