Había perdido un matrimonio y una amistad que alguna vez fueron importantes.
Pero había conservado mi dignidad, mis capacidades y a las personas que me querían de verdad.
Y, sobre todo, había recuperado algo que llevaba años abandonando:
A mí misma.
Aquella noche, antes de acostarme, saqué del armario el traje negro.
Lo colgué cuidadosamente junto a la chaqueta roja.
Ya no era una armadura para enfrentar a mis enemigos.
Era simplemente ropa que me gustaba.
Apagué la luz.
Me acomodé bajo las sábanas.
Y dormí
con la misma tranquilidad que aquella primera noche.
Solo que ahora había una diferencia.
La primera vez dormí tranquila porque había decidido dejar de soportar sus mentiras.
Esta vez dormí tranquila porque ya no necesitaba pensar en ellos.
Abrí la ventana.
Entró una brisa fresca.
Y sonreí.
Porque recordé el mensaje que Sophie me había enviado aquella noche: