“¡Perdón, se me fue el dedo!”
Durante mucho tiempo pensé que aquellas palabras habían sido la muestra definitiva de su crueldad.
Ahora veía algo diferente.
Sophie había querido demostrarme que podía quitarmeal hombre con quien me había casado.
Daniel había creído que podía quitarme mi carrera, mi dinero y mi reputación.
Los dos estaban convencidos de que, sin ellos, yo no tendría nada.
Se equivocaron.
Había perdido un matrimonio y una amistad que alguna vez fueron importantes.
Pero había conservado mi dignidad, mis capacidades y a las personas que me querían de verdad.
Y, sobre todo, había recuperado algo que llevaba años abandonando:
A mí misma.
Aquella noche, antes de acostarme, saqué del armario el traje negro.
Lo colgué cuidadosamente junto
a la chaqueta roja.
Ya no era una armadura para enfrentar a mis enemigos.