No respondí.
Arthur golpeó la puerta.
—Abre.
Miré a Jessi.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No, abuela.
—¿Por qué?
—Porque él me dijo que no debía despertar.
Aquella frase cambió todo.
No sabía qué había ocurrido durante las horas anteriores.
Pero sabía una cosa:
No iba a entregarle a mi nieta.
Arthur volvió a golpear.
—¡Mamá, abre la puerta!
—La niña está conmigo —respondí.
Silencio.
Un silencio extraño.