—Me metieron cuando me invitaron a una casa sin decirme la verdad —respondió ella.
La hermana de Tiffany comenzó a guardar los juguetes de los niños. Ya no había música. La sala, que el día anterior parecía una fiesta, estaba llena de gente evitando mirarse.
Nadie volvió a llamarme huésped.
Peter llegó poco después del mediodía.
Lo vi bajar del automóvil con el abrigo abierto y el rostro desencajado. Durante un instante quise abrazarlo, como cuando llegaba asustado después de hacerse daño jugando.
Pero el hombre que tenía enfrente ya no era un niño.
—Mamá —dijo—. Todo se salió de control.
—No. Alguien tomó decisiones y no quiso contármelas.
Me pidió que habláramos a solas.
Acepté que nos apartáramos de los demás, pero dejé los documentos sobre la mesa y le advertí que no iba a esconder el asunto.