Cada dólar que lograba guardar iba a una cuenta que yo llamaba «mi pedacito de aire».
Con esos ahorros compré aquella casa, que entonces tenía humedad en las paredes, goteras y un jardín lleno de hierba seca.
Yo misma la fui reparando.
Pinté las paredes, aprendí a cambiar cerraduras y acomodé unas macetas de bugambilias que protegía cada invierno. También fabriqué los cojines de las sillas de mimbre que tenía en la terraza.
Esa casa era el único lugar donde nunca tenía que pedir permiso para estar.
Por eso, cuando doblé la esquina y vi tres camionetas desconocidas estacionadas frente a mi propiedad, sentí un nudo en el estómago.
Había música a todo volumen.
Unos niños corrían por la terraza, golpeando una pelota cerca de mis plantas. Varias toallas mojadas estaban tiradas sobre mis sillas.
La puerta principal estaba abierta.