También revisé mis documentos y las copias que alguien había utilizado para preparar aquella autorización.
No volvería a dejar asuntos tan importantes a merced de una confianza que ya no existía de la misma forma.
El lunes regresé a Filadelfia.
Las primeras semanas fueron extrañas.
Peter me escribió varias veces. Al principio sus mensajes hablaban de sus problemas, de las deudas y de cuánto necesitaba que lo entendiera.
No contesté enseguida.
Después empezó a preguntar cómo estaba yo.
Ese cambio me pareció pequeño, pero importante.
Una tarde acepté su llamada.
Lo escuché explicar las decisiones que había tomado y las consecuencias que tendría que enfrentar. No le ofrecí dinero. Tampoco le prometí olvidar.
Le dije que podía seguir siendo mi hijo sin tener derecho a mis llaves, a mis documentos ni a mis propiedades.
—No sé si algún día volveré a confiar como antes —le confesé—. Eso dependerá de lo que hagas, no de lo que prometas.