La miré sin saber si debía enojarme o sentarme en el escalón.
—No vengo a conocerla. Soy Rosalind. Esta casa es mía.
Clara miró sus papeles y después volvió a mirarme.
—¿Usted es la señora Rosalind?
—Sí.
—Disculpe, pero nuestros registros indican que usted autorizó la administración y el arrendamiento de la propiedad.
Sacó una hoja de la carpeta.
Era un documento con mi nombre completo, la dirección de la casa y una cláusula que permitía ofrecerla en renta durante dieciocho meses.
En la parte inferior aparecía una firma.
Se parecía a la mía. Tenía la misma inicial grande, la misma inclinación hacia la derecha y un trazo final que yo acostumbraba hacer desde joven.
Pero no era mi firma.
Yo no había visto ese documento en mi vida.
—Esto es falso —le dije.
Clara apretó la carpeta contra su pecho.