Había noches en que llegaba tan cansada que me quedaba dormida sin quitarme las botas.
Y otras en que deseaba escuchar a mi padre decir que estaba bien, que podíamos hablar, que seguiría siendo su hija aunque nunca trabajara en sus oficinas.
Nunca llamó.
Al principio revisaba el teléfono constantemente.
Después empecé a revisarlo menos.
No porque dejara de dolerme, sino porque comprendí que tenía que construir una vida con las personas que sí estaban dispuestas a quedarse.
Clare consiguió comunicarse conmigo cuando fue mayor. Nuestros mensajes eran breves porque ella todavía vivía bajo el techo de Gerald.
Me contaba de sus estudios, de sus primeros trabajos y, años después, de David.
Yo le preguntaba si estaba bien.
Nunca le exigí que se enfrentara a nuestro padre por mí.
Sabía demasiado bien el precio de contradecirlo.
Aquella noche, sin embargo, Clare estaba haciendo algo que yo jamás le habría pedido.