Entonces David le acarició la mano.
—Sí, papá —contestó—. Sé perfectamente todo lo que has pagado.
Gerald acomodó su saco, satisfecho.
Creyó que había recuperado el control.
—Entonces acabemos con esto.
—No he terminado —dijo Clare.
Margaret abrió mucho los ojos.
—Hija, piensa en tu futuro.
Mi hermana miró a su esposo y luego a nuestro padre.
—David y yo hemos hablado de esto durante meses. Después de la boda vamos a buscar un departamento que podamos pagar nosotros. También vamos a resolver lo del coche. Y no vamos a aceptar más dinero que venga acompañado de amenazas.
Mi padre soltó una risa seca.
—Qué fácil es hablar cuando nunca te ha faltado nada.
Clare no se ofendió.
—Tienes razón en algo. Nunca me faltaron cosas. Me faltó la tranquilidad de poder decirte que no.
Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.