La mujer asintió y regresó a su lugar.
No fue una gran declaración. Nadie hizo un discurso denunciando a Gerald.
Pero algo había cambiado.
Las personas empezaban a mirarlo como a un hombre que había lastimado a su hija, no como al dueño indiscutible de la verdad.
Richard se apartó discretamente de nuestra mesa.
Margaret permaneció cerca de mi padre, intentando sonreír para que los invitados no notaran su incomodidad.
Ya era demasiado tarde para eso.
Gerald volvió a mirar hacia el escenario.
—Clare, ¿te das cuenta de quién pagó la mitad de esta boda?
Su voz había recuperado aquel tono que yo conocía tan bien.
No necesitaba gritar cuando hablaba de dinero.
—También pagué tu departamento, tu coche y he mantenido tu fideicomiso. Conviene que recuerdes quién ha estado a tu lado.
Vi que Clare respiraba hondo.
Durante un segundo volvió a parecerme la niña que lloraba detrás de una ventana.