—¿Y si no podemos mantener el mismo nivel de vida?
—Entonces vivirán de otra manera. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Clare miró sus zapatos sobre el piso.
—David dice lo mismo.
—Parece que elegiste bien.
Sonrió apenas.
—Eso espero.
Nos quedamos calladas.
Después me hizo una pregunta que llevaba quince años suspendida entre nosotras.
—¿Alguna vez pensaste en volver a casa?
Miré hacia el jardín.
—Muchas veces, al principio.
Recordé la maleta junto a la puerta, el ruido de las llaves de Gerald y su expresión cuando le dije que no iba a cambiar de opinión.
—Incluso llegué a escribirle una carta —continué—. Nunca la mandé.
—¿Qué decía?
—Que estaba dispuesta a hablar, pero no a renunciar a mi vida para que me permitiera regresar.
Clare se limpió las mejillas.
—Ojalá hubiera podido hacer algo.
—Hiciste algo. Me escribiste cuando pudiste. Nunca dejaste de llamarme hermana.